jueves, 27 de agosto de 2009

Confieso que he matado a un hombre

“Fugit irreparabile tempus”
Virgilio en Georgicas
Traducción: “El tiempo se va para no volver”



Esta es mi confesión: He matado a un hombre. Sí, yo lo hice. Pero, en descargo, he de decir que lo hice sin querer. Que no me di cuenta; que el tiempo pasó y durante ese tiempo sucedió. No me lo propuse. Fue el destino. Soy inocente. Es más, si pudiera, lo reviviría.

Me gustaría que volviera a ser lo que era antes. Porque yo lo conocí muy bien; claro que lo conocí. Me gustaría verlo reír como lo hacía, querer como quería. Que sea el de antes. Pero, creo que ya es tarde. Hoy me di cuenta de lo que hice: lo maté. Quisiera retroceder el tiempo y rescatarlo. Quisiera que todo fuera como antes.

Por las noches, en mi soledad, creo ver algo de él. Algunos destellos de su presencia regresan. Estos fantasmas nocturnos que me visitan de vez en vez, me ponen a pensar. No, no me dan miedo, al contrario, me producen felicidad. Me da alegría el reencuentro.
Pero lo malo, lo malo viene después. Al despertar me doy cuenta que todo fue un sueño. El regreso a la realidad me asusta. Eso si me asusta. Por las mañanas todo es igual, todo regresa, todo es rutina otra vez. Entonces me doy cuenta de lo que he hecho: lo maté. Hasta ahora me di cuenta de mis actos. El remordimiento no me deja, y al igual que cualquier asesino, siento la necesidad de confesar: soy el autor intelectual y material del hecho. ¿Tendrá algún remedio esta situación?

Nada más me imagino enfrentando al tribunal de la vida; yo confesándome culpable y el tribunal dictando sentencia: -“se le ha encontrado culpable de asesinato en primer grado y se le condena a continuar su vida así desde hoy y para siempre” -¡No!- se escapa un grito aterrador-, - ¡alguien debe compadecerse de mí!- lo hice, si, pero no premeditadamente. No me pueden castigar así. ¡Que alguien me ayude! Grito esto y luego me sereno.

Solo me consuela una cosa: en lo más profundo de mi alma y en los más profundo de mi ser, se que vive el hombre al que maté, el hombre que era antes, lo que fui ayer. La alegría de la juventud, el desenfado y la desfachatez. Hoy es la responsabilidad de un adulto, el compromiso de un esposo y el desafío de ser padre. Si pudiera regresaría a mi época de estudiante, a mi juventud lejana, a mi niñez; donde no había más preocupación que la diversión, tal vez lo haría. Pero mientras esto sucede, cumpliré mi sentencia con la misma intensidad con la que viví ayer.

AUTOR: Profr. Genaro Ignacio Cervera Martin
Mayo del 2006