lunes, 30 de noviembre de 2009

Ensayo y error


DECADENCIA


Winter Dreams

                      No hay mayor dolor que acordarse del tiempo feliz en la miseria. Y yo que vago solo en este sendero oscuro de desesperanza. No sé cómo he llegado hasta aquí. Pero voy camino al final para encontrarme con las almas perdidas. Miro a mi alrededor y recuento la desdicha; hasta he perdido mi espada. Aquella que un día blandió heroica ante los avatares de la juventud lejana; aquella que empuñé la tarde en que asumí gustoso un camino de desventura hidalga. Aquella que me acompañó en mi camino errante de noches de eternas juergas y días dolorosos. Hoy la he perdido. Hasta esto he tenido que pagar.

                   Este camino parece largo. Durante este tiempo he visto caer a muchos, todavía la semana pasada fui testigo de desdicha de tres ilustres: y saber que sus vidas eran tan brillantes y cómo acabaron… caminaron siempre allá, atrás de las praderas; en el cómodo sendero guiado siempre por las luces matutinas. El escenario fue ese paisaje de azafrán bastardo que cuando las hojas caen en otoño, aparecen ramilletes de flores de color púrpura o blanco parecidas a las del croco, haciendo una combinación de colores, justificación y seña de la naturaleza que se niega a desaparecer; pero el contraste fue la batalla entre estos virtuosos y la maldad. Pelearon desgarradoramente, hasta teñir de rojo, hasta el final. Primero con sus espadas, después, al perderlas, a puño limpio y al verse disminuidos por la superioridad del adversario, intentaron replegarse, (lo que seguramente algún historiador prejuicioso llamará huida) pero la realidad es que al intentar el repliegue fueron alcanzados por la venenosas, malsanas y flamígeras flechas de la maldad humana. Cómo acabaron. No cabe duda que nadie sabe el final que les espera. Las personas siempre pensamos que todo le pasa a todos, menos a uno. Yo ya perdí mi espada. ¿Cómo me defenderé?

                   Mejor espero aquí a que caiga la noche y, si hay luna, intentaré avanzar a pie. Sí a pie, porque ya no tengo caballo. Un día tuve un bonito corcel; un bruto percherón que me dio triunfos en mis días de rejoneador. Se mide al rejoneador no sólo por su capacidad para clavar certeramente y salir airoso de los encuentros con el toro, sino, y fundamentalmente, por la doma y torería de sus alazanes y jacas. Tuve innumerables días de gozo haciendo la suerte de picador sobre ese bruto y noble. “ era de galope rápido, parada pronta, sabía volver a las dos manos, inquieto nervioso, ágil. Aquel que marchaba vanidoso, braceando exageradamente, dejando ver su confianza o enojo, en todo vibrante, dispuesto a proyectar la orden del jinete. Su edad, raza y proporciones tenían importancia, pero más su temperamento y docilidad”. Y cuantas veces cerré la faena arrastrando al toro muerto hasta el chiquero. Hoy cargo muleta y banderillas nada más de adorno y de recuerdo. El destino me quitó al noble y yo, en señal de protesta y refugiado en el imperio de la razón, entregué la alternativa.



Han sido tantos años de este andar, que si me preguntan, no sabría explicar cómo he llegado hasta aquí. Solo sé que aprovechando la luna joven debo caminar cauteloso a la orilla del río donde se refleja su luz. Este río fermentoso que ha estado a lo largo de mi vida; agua dulce, agua amarga y ardiente que calma la sed y aturde el pensamiento. Felicidad efímera y atrapada en burbuja de pasta vítrea, ambarina, moldeada y delineada como exquisito cuerpo de mujer. Vino espumoso como el mar y efervescente como la juventud perdida. Cómo me aturde el recuerdo, pero cuando llegue a mi destino juro que vengaré la afrenta tomándome una copa.

                En el camino que resta solo queda la desolación y yo veo aquí almas pobres o muy débiles, almas fáciles que se dejan manejar a la primera intención. Son maleables en el más amplio sentido de la palabra; al primer asomo de una chispa, arden. A la primera intención, se dejan llevar al fango, al lodo, de soledad perdidos. No, a la maldad no le hace falta mucho ingenio. Tan solo basta una leve señal como invitación para que estas almas se dejen raptar, llevar, hundir…. almas que arderán en el eterno fuego del purgatorio porque han estado tiradas hasta ahí en la porquería, en la suciedad, en la miasma, ese efluvio maligno que desprenden los cuerpos enfermos; no saben, no pueden levantarse, no quieren, han encontrado la facilidad que da vivir en la podredumbre, en la miseria, en la mediocridad. El camino sigue y ya se vislumbran las luces de la urbe; los rigores del tiempo ya se sienten. Al llegar pediré para mí las llaves del imperio y entraré gallardo, la lucha o la defensa estará plagada de proverbios y mezcolanzas de añoranzas y de tristezas. Al final, proclamaré la independencia de mis actos y el triunfo de un sueño inútil de rebeldía y que hoy rememora el tiempo feliz en la miseria.

 

AUTOR: PROFR. GENARO IGNACIO CERVERA MARTIN.
Diciembre de 2009.







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