EL MAESTRO
La mañana era fresca, el despertador había sonado y marcaba como siempre las 5 de la mañana. Una taza de café de olla mientras hojea el periódico mitiga la frialdad de su estómago. Pero se hace tarde. El hombre sale a la calle, se acomoda el saco y tomando su portafolios entre sus brazos, como si llevara ahí un tesoro, emprende su camino. Ese camino tantas veces recorrido y tantas veces andado. Apurando el paso, porque debe llegar a tomar su camión, repasa en su mente el itinerario del día: la tarea marcada, la lección de hoy, la preparación del homenaje, el canto del himno, etc.
Del camión a la escuela y con la mente ocupada, el tiempo pasa rápido. Al llegar ya hace calor, así es el clima de nuestra península. Su caminar continúa entre veredas y calles malas hasta llegar a su destino. Con la frente sudada y surcada por la edad, ese día se toma el tiempo para observar aquella puerta enorme, trastocada por el paso de los años y pintada de gris: La entrada de la escuela. Allí, adentro, el griterío de los niños, el bullicio, las risas infantiles de siempre. Ya han pasado más de treinta años, desde la primera vez que experimentó esa sensación de enseñar. Observa la sala y ve a los niños, sentaditos. Al verlo entrar, se ponen de pie y gritan, en todos los decibeles posibles: ¡Buenos días Maestro!
Cuántas veces ha oído esos buenos días. ¿Cuántas generaciones han pasado? Y pareciera que son los mismos. Todos los cursos habrán Juanitos, Pedritos, Marías, etc. Las mismas flores en los mismos jardines. Los mismos llantos, las mismas risas. Enseñar y aprender parece ser, para él, tarea fácil.
Esa mañana, como presagiando su destino, el Maestro no paraba de observar a sus alumnos; los atendía y los mimaba casi con la misma intensidad de la primera vez. Fue a la hora del recreo, mientras todos los niños jugaban con la algarabía cotidiana cuando el Maestro los vio llegar; eran dos hombres vestidos de impecable blanco. Al llegar hasta su escritorio le dijeron:
-Estimado Profesor, somos miembros del Sindicato y traemos estos papeles donde indican la orden de su cambio de adscripción a otra escuela-
Con la mano temblorosa, tomó sus viejas gafas, remendadas con una cinta al centro, y entrecerrando sus ojos, se las acomodó para ver a aquellos personajes.
-¿Qué son del sindicato?- Preguntó y continuó:
-Pero si yo no he solicitado ningún cambio-
Uno de los hombres atajó: -Mire, mí querido maestro, así son estas cosas sindicales, nadie pide irse, pero tampoco nadie pide venir. Acuérdese que es el azar o el destino el que quita y pone. Hoy le ha tocado en turno a Ud. retirarse e irse a otra escuela. Recuerde que ser maestro es un Don que se llevará por siempre y para siempre donde vaya. Hoy aquí, ha terminado su labor, y se le requiere allá donde enseñará eternamente-
El maestro palideció, al quererse levantar de su asiento no pudo, y al sentarse de nuevo, con las manos temblorosas, tomó los papeles que los tipos le habían enseñado, pero no los pudo leer porque estaban más blancos que los trajes de aquellos individuos.
Entonces, suplicó:
-Pero, esto no puede ser, así de pronto. Tan siquiera déjenme despedirme de mis niños, de mis alumnos. Déjenme explicarles. Son tan pequeños, no sea que vayan a asustarse al no verme más- Y continuó: -Al menos déjenme ver por última vez mi salón de clases, este viejo edificio, sus jardines, mis libros, y este viejo escritorio, por favor…-
Los ojos suplicantes del maestro interpretaron el silencio de los enviados sindicales y dándose la media vuelta, tomó entre sus brazos su portafolios como si llevara ahí un tesoro dentro y escoltado por los inmaculados hombres, caminaron por el largo pasillo hasta la puerta de la escuela…
El repiquetear del timbre, anunciaba el final del recreo. Un niño: Juanito, con sus siete años a cuestas, entró jadeante al salón y observó la escena. Más tarde, en su casa y con esa inocencia que poseen los niños, preguntó a su madre:
-¿Mamá porqué el maestro se quedó dormido?–
Su madre, con lágrimas en los ojos, le respondió:
-Es que el maestro estaba cansado y agotado-
-¿Pero va a regresar a la escuela? - Continuó Juanito
Y su mamá le respondió:
-No hijo, creo que pidió su cambio de escuela….-
Hoy continúa ahí aquella puerta enorme, trastocada por el paso de los años y pintada de gris: La entrada de la escuela. Allí, adentro, el griterío de los niños, el bullicio, las risas infantiles de siempre. Otro maestro, más joven, entra al salón de clases, observa la sala y ve a los niños, sentaditos. Al verlo entrar, se ponen de pie y gritan, en todos los decibeles posibles: ¡Buenos días Maestro! Las mismas flores en los mismos jardines…
AUTOR:GENARO IGNACIO CERVERA MARTÍN
15 DE MAYO DE 2010
No hay comentarios:
Publicar un comentario